La relectura de Jesús en la sinagoga de Nazaret
Jesús llega a su pueblo llena la mirada del camino recorrido por Galilea (“todos se hacían lenguas de él”, Lc 4, 15). En Nazaret se encontraría con su gente, la que lo conocía a él y a su familia. Nazaret además representa los círculos nacionalistas fanáticos del pueblo judío. Esperaban que Jesús compartiera sus ideas. Le entregan el rollo de Isaías y él escoge el texto que quiere leer y comentar para dejar bien claro su pensamiento y su plan de acción. Combinando textos (incluye Is 58, 6 “poner en libertad a los oprimidos”) Lucas describe la misión liberadora de Jesús. Y Jesús, recortando el final muestra su mirada superadora del antagonismo de su pueblo con los paganos.
Es un texto que nos invita hoy a detenernos para dejarnos sorprender por la continua novedad de Jesús. Vuelve hoy a anunciar a los pobres el fin de su situación de miseria: libertad para los cautivos, vista a los ciegos, liberación de toda forma de opresión. Su acción concreta apuntó a eso. Levantó a los ciegos del costado de los caminos para que pudieran andar por ellos mismos. Despojó a la mujer pecadora de la marca que la sentenciaba para que ella se liberara dos veces: del juicio hipócrita de los demás y de su propia esclavitud. Incorporó al leproso a la sociedad superando la norma que lo excluía con la vida por encima de toda regulación. Mostrando la falsedad de los que usan el nombre de Dios para oprimir y para conservar su rol de mediadores necesarios. Se dejó interpelar él mismo por la mujer cananea derribando sus propias fronteras que le impedían ver más lejos. Gestó un modo de convivencia que permitió que el pan compartido alcanzara para todos en la mesa común. Arrancó a la jovencita y a Lázaro de la muerte poniendo ante nosotros la fuerza de la confianza y de la vida.
“Hoy ha quedado cumplido este pasaje…” (Lc 4, 21). Hoy. Para nosotros también, como para aquellos primeros oyentes de esta “buena noticia”, implica una ruptura. Nos desafía a derribar muros en la conciencia. En cada tiempo, esta novedad corremos el riesgo de encerrarla en vasijas que no le permiten desplegar toda su potencia. Jesús busca y nos impulsa a luchar contra la pobreza. Supera visiones fatalistas, antes y hoy también. La pobreza esclaviza y los pobres pueden dejar de serlo! Esto será posible con profundos cambios estructurales en nuestra sociedad. Es cierto. Y en la historia distintos modelos que parecían indestructibles se han cambiado. Pero no bastará. Siempre seguiremos necesitando los cambios personales y culturales. Cuando después de leer ese párrafo al cual Jesús deliberadamente le había agregado el verso del capítulo 58 que hace nuevamente referencia a la libertad de los oprimidos; y al recortar el verso 2 del capítulo 61 que habla de “proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios; para consolar a los afligidos, los afligidos de Sión” (Is 61, 2); Jesús, deliberadamente, está poniendo el acento en la libertad de las personas y en la superación de los antagonismos.
Jesús no toma de la mano al ciego y lo lleva por dónde él quiere. Lo libera de su ceguera para que pueda andar por sí mismo. Una y otra vez, nos pone de pie para que cada uno pueda elegir. Aquella pasión por la libertad personal que tanta sospecha generaba en los fariseos de su tiempo y en la estructura eclesiástica actual. Resuena en nuestros oídos la terrible conversación del cardenal inquisidor con Jesús en Los Hermanos Karamasov: “¿Tienes derecho a revelarnos uno solo de los secretos del mundo de que vienes? -pregunta el anciano, y responde por Él-: No, no tienes este derecho, pues tu revelación de ahora se añadiría a la de otros tiempos, y esto equivaldría a retirar a los hombres la libertad que Tú defendías con tanto ahínco sobre la tierra.” (p. 163, Libro II, capítulo V).
Tenemos que hacer nuestra esta pasión de Jesús por la libertad personal. Para que cada hombre, cada mujer que hoy están oprimidos por la pobreza en sus distintas formas, puedan elegir por sí. Puedan desplegar su belleza, abrir los ojos, ponerse en camino. En este tiempo, repetidas veces he escuchado el discurso de la inevitabilidad de la pobreza. Lo tremendo es que lo han dicho y lo sostienen quienes aman, sirven y luchan por los pobres. Le temen, se horrorizan, que puedan elegir por sí mismos. Sospechan que se puedan volver burgueses y dejen de lado un estilo de vida marcado por la fraternidad, la compasión, el compartir, la fe. No es esa la buena noticia que trae y vive el hijo de José. Pudo derribar sus propios “muros culturales” porque se dejó llevar por el misterio que habitaba en él. Porque eligió! Vivió libremente e hizo libres a muchos!
También será posible esta buena noticia si la dejamos de pensar “contra”, intoxicados todavía de una lógica dialéctica donde un polo de la tensión solo se resuelve eliminando el otro. El impacto que causó en el auditorio nazareno que escuchaba a Jesús cuando fundamentó la exclusión del fragmento del verso 2 que pedía el “desquite de Dios sobre los paganos” los llevó a intentar el primer atentado contra su vida (“lo empujaron fuera de la ciudad hasta un barranco del monto para despeñarlo” Lc 4, 29). No será posible superar las situaciones que mantienen segregados de una vida plenamente humana a las mayorías, si seguimos imaginando los caminos como una tarea que se hace solo con algunos, en opciones y alianzas que excluyen a otros. Necesita esta buena noticia del protagonismo de los que son dejados afuera y de la confianza plena y lúcida por una sociedad que no se construye en términos de oposición, de elegidos y descartados, repitiendo el molde que una y otra vez nos ha aplastado en vez de liberado.
Dejemos que nuevamente nuestra vasija se parta para dar lugar a la caricia del viento del Espíritu que hoy está soplando.
martes, 4 de septiembre de 2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)